lunes, abril 24, 2017

Miguel Angel Quintanilla: “El futuro de la humanidad no está escrito por la tecnología”

Miguel Ángel Quintanilla es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Salamanca. Ganador del premio de Ensayo Fundesco en 1988 con su obra “Tecnología: un enfoque filosófico” es un referente obligado para todo aquel que quiera indagar en las problemáticas surgidas en la rama más joven de la filosofía: la filosofía de la técnica. Conversé con él y con gran amabilidad contestó mis preguntas.

¿Qué relaciones existen entre la ciencia y la tecnología en la actualidad?

Las tecnologías más innovadoras y más eficientes se nutren de los resultados más avanzados de la investigación científica. Pensemos en las tecnologías de la información y la investigación en física del estado sólido. O en la tecnología armamentista y la física nuclear. Por otra parte, gracias a la tecnología, la ciencia puede explorar con nuevas herramientas ámbitos de la realidad que durante siglos se han considerado inaccesibles: el espacio, el cerebro, la biología molecular… Esto ha hecho que algunos expertos se inclinen a hablar del conglomerado “tecnociencia” como una nueva realidad, en la que se confunden valores epistémicos como la verdad o la objetividad y valores tecnológicos como la efectividad o la eficiencia. Creo que es un error. La ciencia y la tecnología están íntimamente entrelazadas en la sociedad actual, pero no son lo mismo. Si las confundimos corremos el riesgo de perder a una de las dos o a ambas: un proyecto tecnológico (si es científicamente viable) se puede hacer realidad por decisión política o por intereses económicos, pero su viabilidad científica sólo se puede establecer mediante el razonamiento y la demostración empírica.

¿Cuáles son los principales desafíos que presenta la filosofía de la tecnología?

Se ha desarrollado mucho en las últimas décadas. Pero su desarrollo ha estado muy condicionado por una visión determinista del desarrollo tecnológico. Poco a poco hemos ido entendiendo cada vez mejor que la tecnología es una empresa humana, y que su desarrollo no es ni automático ni ineludible. Necesitamos comprender mejor los factores que influyen en el desarrollo tecnológico, y asumir más activamente la responsabilidad humana sobre el mismo. Este sería el principal desafío de la filosofía de la tecnología: ayudarnos a comprender y a asumir nuestra responsabilidad sobre el desarrollo tecnológico.

¿En qué medida nuestro sistema económico y social depende de la innovación? ¿Cómo puede afectarlo la robotización masiva de empleos en las próximas décadas?

Los economistas piensan que la innovación es el factor más importante para el aumento de la productividad, y por eso es la fuerza que más decisivamente potencia el crecimiento económico y el bienestar social. Esto vale para muchos tipos de innovación, pero especialmente para la innovación tecnológica de carácter radical. Ahora bien, deberíamos acostumbrarnos a pensar en la innovación (y en el crecimiento económico) como una opción, no como una obligación. Ante cada encrucijada civilizatoria casi siempre hay una panoplia entera de posibilidades de acción, todas ellas con contenido innovador. El reto es optar por aquellas posibilidades tecnológicas que sean más coherentes con nuestros principios e intereses como seres humanos. Yo creo, por ejemplo, que es muy posible que en los próximos años desaparezcan millones de empleos en actividades rutinarias que podrán ser realizadas por nuevos robots, sencillos y baratos. Pero eso solo quiere decir que deberíamos estar ya tomando decisiones para ordenar la irrupción de la robótica en la vida cotidiana, en el mercado de trabajo, en la educación, etc. Es urgente.

El filósofo José Ortega y Gasset ha sido precursor de la filosofía de la técnica con la “Meditación de la técnica” de la década del treinta. ¿Qué vigencia tiene aún la obra de Ortega?

Creo que es, a pesar de su brevedad y sencillez, la obra más importante que se escribió en el siglo XX sobre la técnica. Sigue siendo de plena actualidad y yo recomiendo a mis alumnos que la tengan como libro de cabecera. Hay dos ideas allí que no deberíamos olvidar: la primera es que la técnica es parte esencial de la condición humana (somos humanos porque creamos nuestra propia realidad transformando el entorno a través de la técnica). Y la segunda es que esa condición humana es esencialmente creativa: no usamos la técnica para satisfacer nuestras necesidades, sino para inventárnoslas (para satisfacer nuestras “necesidades superfluas”, dice Ortega, con su peculiar estilo).

¿Cuál es su opinión respecto del transhumanismo y su postulación optimista de un futuro de fusión entre el ser humano y la tecnología?

No me desagrada la música, pero sí la letra de la canción transhumanista. Creo que en el trasfondo hay una visión determinista de la técnica con la que no estoy de acuerdo. El mismo objetivo de “fusión del ser humano y la tecnología”, chirría en mi visión de la técnica: ésta es, en si misma, parte y resultado de la actividad humana intencional. Es cierto que el propio desarrollo tecnológico puede llevar a cambios radicales en la especie humana. Pero no estoy tan seguro de que los cambios, por ser radicales y nuevos, sean en sí mismos deseables. El futuro de la humanidad no está escrito por la tecnología actual: al revés, la humanidad actual tiene en sus manos la responsabilidad de definir cómo va a ser la tecnología del futuro. Creo que siempre debemos tener en cuenta cuáles son nuestros objetivos humanos y debemos hacer que nuestras innovaciones tecnológicas respondan a ellos. Hay un principio moral que me parece que deberíamos mantener en filosofía de la tecnología y que dice algo así como “No todo lo que se puede hacer debe ser hecho”. A veces el discurso transhumanista parece responder al principio contrario: “Todo lo que se pueda hacer se hará”. No estoy de acuerdo.


Prof. Nicolás Martínez Sáez
Nota publicada en el diario La Capital de Mar del Plata. Buenos Aires, Argentina.

lunes, marzo 20, 2017

Entrevista a Martín Hilbert: "La tecnología no es determinista, hay que construirla socialmente"

Martín Hilbert es alemán, Doctor en Ciencias Sociales y PhD en Comunicación. Es profesor en la Universidad de California y asesor tecnológico de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, tiene un enfoque multidisciplinario que se centra en las relaciones entre las comunicaciones, la información y la economía desde la perspectiva de los sistemas complejos. Conversé con él sobre Big Data, sus consecuencias en la vida cotidiana, su utilización en la política y los problemas filosóficos que genera.

¿Qué es el Big Data y cómo puede influenciarnos en nuestra vida cotidiana?

MH: La expresión Big Data se refiere a que los datos son muy grandes y, realmente, son muy grandes. Los datos crecen a una tasa anual del 30%, especialmente los datos digitales. La economía, cuando crece y nos va bien, crece entre 1% y 5%. En el mundo de hoy, según mis estimaciones, se pueden almacenar 5 zetabytes (ZB). Un zetabyte es un 1 con veintiún ceros (1021 bytes), un número muy grande. Si usted tomaría esta información y la pone en libros formando una pila, ¿hasta dónde cree que esta pila llegaría? ¿llegaría hasta la Luna o hasta el Sol? La verdad es que, en el año 2014, cuando hice la última estimación, esta pila llegaría 4.500 veces al Sol y cada dos años se duplicaría. Hoy probablemente habría 8.000 pilas que llegan al Sol. Por lo tanto, es mucha información cuando se la compara con la información de la vida, incluso con la de nuestro ADN. La información digital ya es cinco veces más grande que la información ADN en cada célula de cada ser humano.
Creo que es importante entender qué masivo es esta huella digital que dejamos sin saber. La dejamos, entre otros, con nuestros celulares. En África, donde el 50% de la población no tiene certificado de nacimiento y sin embargo poseen celulares que han penetrado en la sociedad en un 90%, se supone que cuando un celular camina por la calle existe una persona ligada a ese celular porque no se tiene otra evidencia de que existan estas personas. Simplemente se está mapeando esta realidad social que antes no existía.
Si usted tiene Gmail o Google Maps instalado en su teléfono, hay una página (www.google.com/maps/timeline) donde se puede ir y ver dónde usted estaba en los últimos tres años. En cualquier caso no lo comparta con su esposo o su esposa porque lo va a llevar a discusiones muy interesantes (risas) pero Google lo sabe y nosotros le damos el permiso cuando aceptamos los términos de la licencia al instalar la aplicación. ¡Sí, todo el texto que hacemos scroll hacia abajo sin leer! Del otro lado, Google nos dice: “nosotros le damos estos servicios gratis y ustedes nos pagan con sus datos”. Es un modelo de negocio y cuando hablás con la gente de Google no hay ninguna mala conciencia, es un negocio donde hay servicios gratuitos como Gmail o Google Maps a cambio de datos.
La tecnología de Big Data también está siendo utilizada por diversas empresas privadas. Por ejemplo los Call Centers. Cuando uno llama a una central de asistencia telefónica siempre escucha un mensaje como: “Este llamado podría ser grabado…” y claro…usted piensa que puede ser el jefe de recursos humanos que escucha para controlar que lo traten bien. Bueno, eso no es lo que pasa. Serían muchas llamadas para el pobre jefe de recursos humanos (risas). En un porcentaje grande de los Call Center son cerca de 10.000 algoritmos que lo escuchan a usted mientras habla, clasifican su personalidad en seis diferentes cajas, si usted está motivado por emociones, acciones, etc. Este análisis se hace en tiempo real y para que funcione sólo necesita tres o cuatro frases suyas. Luego se lo conectará con una persona del Call Center que tenga la misma psicología que usted para aumentar la satisfacción de su llamado.

En un reciente artículo usted explica que en las campañas presidenciales 2012 de Obama y 2016 de Trump se ha echado mano del Big Data. ¿Cómo es que los políticos han obtenido ventajas de esta tecnología? ¿Cómo han logrado acercarse a los votantes por medio de las redes sociales?

MH: Obama fue pionero en esto y en su campaña 2012 gastó 1.000 millones de dólares para contratar cuarenta ingenieros de compañías como Twitter, Google, Facebook, tres profesionales de póker, un experto en células madres etc. y estas personas crearon perfiles de 16 millones de votantes indecisos en EE.UU. Antes se tenía una lista, unas pocas estimaciones y menos categorías para cada persona. En 2012 ya eran 16 millones de personas con innumerables características que se obtienen de diferentes bases de datos. El resultado de esto es la posibilidad de hacer un marketing personalizado. Y si estás a favor del aborto o en contra del aborto, dependiendo de eso, será el mensaje que recibas. Y si Obama tiene 50 ideas con las que no estás de acuerdo sólo te mandará las tres ideas con las que sabe que estarás de acuerdo. Con el tiempo, te estará convenciendo hasta que llegues a decir: “Ah, mirá que bien esto, me gusta lo que Obama dice”. Este es el target marketing que se hace uno por uno y, a través del cual, también se puede contactar a los amigos de los indecisos. Esto posibilita predecir con una exactitud impresionante los resultados de la votación, y la posibilidad de cambiar el 80% de los votantes no decididos. Estos 1.000 millones de dólares realmente valieron la pena porque hicieron ganar a Obama la elección.
Cuatro años más tarde, en las elecciones del 2016, Trump lo hizo con 250 millones de perfiles. En el debate con Hillary Clinton, Trump planteó un argumento, los algoritmos crearon 175 mil versiones de este mensaje con variaciones en la imagen, el color, el subtítulo, la explicación etc. y se enviaron de manera personalizada. Si Trump decía “estoy de acuerdo con el derecho a poseer armas”, las personas miedosas recibían ese mensaje con una imagen de un criminal entrando en una casa y las personas patriotas recibían el mensaje con una imagen de un tipo que se está yendo de caza con su hijo. Dos versiones del mismo argumento de Trump, pero aquí crearon 175 mil versiones de este mensaje.
Es un lavado de cerebro que nada tiene que ver con la democracia. George Orwell se pegaría un tiro si estuviera vivo porque ni él se imaginó algo así. Los mensajes te dicen exactamente lo que quieres escuchar. Esto es populismo puro. La democracia siempre estuvo ligada a las posibilidades informacionales que tenía cada sociedad. Para Aristóteles la democracia no podía funcionar más allá de un radio de 70 km ya que la información no podía viajar más que esa distancia en un día. En EE.UU. se crearon los colegios electorales por cada Estado porque el viaje en caballo de costa a costa tardaba una semana. Como la información no era accesible a la gente, se necesitó todo este constructo representativo. En cambio, con la tecnología actual todo este constructo puede ser convertido en una dictadura informacional. Esto es lo que más me preocupa y hay que decirlo abiertamente ya que la democracia representativa de esta manera no funciona y es completamente inútil.

En una entrevista, el historiador israelí Yuval N. Harari sostuvo que si se disponen de suficientes datos biométricos los algoritmos nos dirán qué estudiar, a quién votar y con quién casarnos, ¿saben los algoritmos más de nosotros que nosotros mismos? ¿tomarán ellos decisiones por nosotros?

MH: Una vez que hayas hecho entre 100 y 250 “Me gusta” en Facebook, es posible predecir tu orientación sexual, tu origen étnico, tus opiniones religiosas y políticas, si usas drogas y si tus padres son separados o no. Con 150 “Me gusta”, los algoritmos pueden predecir el resultado de tu test de personalidad mejor que tu pareja. Con 250 “Me gusta”, mejor que tú mismo. Este estudio, realizado en Cambridge, fue tomado por un empresario que creo Cambridge Analytica, la empresa que contrató Trump para la campaña. Cuando usted le daba un “Me gusta” a la página de Facebook de Trump, éste podía acceder a ti y a tus amigos. Así hizo la campaña. Por otro lado, Netflix, por ejemplo, es capaz de saber exactamente quién eres con un 84% de exactitud con los datos de entre seis a ocho películas que usted esté evaluando para ver.

En el libro Big Data. La revolución de los datos masivos, V. Mayer-Schönberger y K. Cukier, señalan la ventaja que significó la utilización de las miles de consultas en Google para identificar a los afectados por el virus de la gripe aviar y porcina H1N1 en el año 2009. Sin embargo estaría la posibilidad de que una prestadora de servicios de salud, por ejemplo, posea datos sobre los alimentos que compramos, nuestras actividades físicas, etc. y nos rechacen como afiliados o aumenten el abono a aquellos que somos sedentarios y comemos seguido en hamburgueserías rápidas. ¿Podrían los datos atentar contra el individuo? ¿Se debe limitar el Big Data?

MH: Pues sí, el Big Data es una tecnología que se puede usar para el bien o para el mal. Un martillo se puede usar para colgar un cuadro y no se puede colgar un cuadro sin algo similar a un martillo, se necesita uno. Pero también con un martillo se puede matar a alguien. No es la culpa del martillo, es simplemente una herramienta y el Big Data es una herramienta tecnológica. Obviamente la idea es usarla para lo bueno, para lo que se llama constructivismo que es lo contrario al determinismo. Y el Big Data es una tecnología y no es tecnológicamente determinística como ninguna tecnología lo es. Por otro lado, no es tan nuevo el uso de datos para rechazar afiliados o aumentar un abono sino que siempre se han usado para fijar o discriminar precios. Un joven de 21 años con un auto deportivo va a pagar más seguro de auto que una madre con un auto familiar y dos niños, porque la probabilidad que el joven haga un accidente es más alta que la madre que lleva a los hijos en el auto y que por eso va a manejar de manera más cautelosa. Ya es así y no necesitamos el Big Data porque estamos muy acostumbrados a eso. También la discriminación de precios para un economista no es nada malo porque la oferta y la demanda van así y se pregunta: ¿cuánto estás dispuesto a pagar por un producto? Con el ejemplo del seguro de salud, en algunos países, se dice que no se debe discriminar por eso y ésto es una pregunta política. Si una sociedad cree que no se debe discriminar en el caso de salud entonces hay que poner leyes. En EE.UU. no es tan claro, se da la discusión si se debe discriminar o no en salud. Pero no es cosa del Big Data, sino que la sociedad tiene que crear las leyes para que la misma sociedad pueda hacer algo bueno con la tecnología. Insisto: la tecnología no es determinista, hay que construirla socialmente.

Algunos divulgadores del Big Data afirman que "los datos hablan por sí mismos" y que en el futuro "el mundo se guiará más por datos que por las hipótesis". C. Anderson lo ha dicho con todas las letras en un artículo de la revista Wired: "es el fin de la teoría". Por el contrario, algunos filósofos que piensan el tema, como el coreano Byung-Chul Han, sostienen que hoy, frente a la abundancia de datos que hacen tanto ruido, las teorías son más necesarias que nunca. Los datos masivos, ¿requieren de una teoría que aclare el mundo antes de explicarlo o pueden prescindir de ella?

MH: Cada dato por definición viene del pasado. Tiene que venir del pasado porque una vez que lo registramos, en ese momento ya pasó. La expresión “tiempo real” no funciona. De los datos mismos la única recomendación que se puede hacer es que el futuro sea igual al pasado. El problema es que queremos que el futuro sea diferente del pasado. Queremos un mundo sin contaminación, sin pobreza, sin guerras y no tenemos datos de un mundo sin contaminación ni de un mundo sin pobreza. Los estadísticos dicen: “tenemos en el norte de Europa un país donde no hay pobreza como Suecia y podemos extrapolar sus datos para evaluar la pobreza de América Latina”. ¡No! ¡Así no es la cosa! El problema es que no tenemos datos sobre una América Latina sin pobreza y lo que podemos hacer es “en teoría” imaginarnos una América Latina sin pobreza, pero esto es “en teoría”. Los datos mismos no nos lo pueden decir. Por lo tanto, la teoría, todavía, es muy importante.
Una teoría no siempre es una visión de un genio sino que puede ser un modelo cuantitativo. Por ejemplo, hoy en día usamos muchas simulaciones computacionales, es como jugar SimCity, donde recreamos sociedades sin contaminación, sin pobreza y vemos lo que pasa y muchas veces nos sorprende. De repente, jugando al SimCity, sube la tasa de desempleo y no sabes porqué, es como el gobierno que tampoco sabe porqué (risas). Si quiero cambiar el futuro necesito visión, teoría para hacer del futuro algo diferente al pasado y ese es el problema. Si nos quedamos solamente con los datos, nos quedamos en el pasado, nos quedamos discriminando mujeres, discriminando diferentes razas, etc.

Mayer-Schönberger y Cukier presentan el Big Data como una nueva certeza que ocupa el lugar del "Dios muerto", expresión utilizada por F. Nietzsche, profeta del nihilismo del siglo XX. ¿Estamos a la puerta de una nueva religión de los datos o dataísmo como lo ha llamado Harari?

MH: No es una nueva religión. Simplemente es más conocimiento. Los datos nos posibilitan obtener información, justamente a partir del análisis de datos hecho con Inteligencia Artificial, porque nuestro cerebro ya no da para procesar tanta información. De ahí obtenemos patrones que nos permiten conocernos a nosotros mismos mucho mejor. Entonces el Big Data es la última fase de un proceso muy largo que se podría llamar conciencia, es decir, la “conciencia sobre nosotros mismos”. Ahora tenemos datos a un nivel macro donde se puede observar la sociedad en tiempo real. Las grandes figuras de las ciencias sociales como Adam Smith, Max Weber, Karl Marx se volverían locos de qué fantástico es hacer observaciones hoy en día. ¡Adam Smith se fue tantas veces a visitar y observar fábricas con su papel y su lápiz! Hoy en día se podría sentar en su silla y, a través de la pantalla, observar todo lo que pasa en la fábrica y hacer teoría económica. Max Weber podría observar la sociedad en tiempo real y obtener sus teorías.

Con el Big Data estamos conscientes de nosotros mismos, creamos una conciencia sobre lo que pasa en la sociedad y por eso también las ciencias sociales van a ser cada vez más importantes. El Big Data permite, realmente, hacer una ciencia de los estudios sociales ya que ahora tenemos datos. Antes las ciencias sociales eran las ciencias con menos datos y solíamos hacer algunos experimentos con estudiantes de pregrado y de ahí sacábamos conclusiones. Teníamos un censo cada diez años pero la verdad es que no teníamos muchos datos comparados con los físicos o los biólogos. Los biólogos siempre dijeron sobre los estudios sociales “eso no es ciencia, no tienen datos”. Pero ellos no saben dónde están las ballenas en el mar. Hoy nosotros sí sabemos dónde están las personas, pero también sabemos qué compran, qué comen, cuándo duermen, cuáles son sus amigos, sus ideas políticas, su vida social etc. Hoy en día somos la ciencia tal vez más completa de datos porque casi cada uno de los 7 billones de sujetos de estudio tienen un sensor encima las 24 hrs. que deja una huella digital y que nos permite entender la sociedad mejor, tener una conciencia, un conocimiento de qué pasa en la sociedad. Por lo tanto, no es una religión sino simplemente un nuevo paso grande en el proceso largo de conocernos a nosotros mismos, un proceso que existe desde cuando existe la conciencia.

Prof. Nicolás Martínez Sáez
Nota publicada en el diario La Capital de Mar del Plata. Buenos Aires, Argentina.
Link: http://www.lacapitalmdp.com/la-tecnologia-no-es-determinista-hay-que-construirla-socialmente/

domingo, febrero 12, 2017

Juegos malditos

El pensador holandés Johan Huizinga (1872-1945) sostenía que el juego era más viejo que la cultura, y que los animales no tuvieron que esperar la aparición del hombre para que este les enseñara a jugar. Para este autor el juego es fundamento de la cultura ya que es capaz de crear orden. Nosotros llamamos “juego” a actividades humanas diversas: alguien juega un partido de fútbol, un grupo de personas juegan en un tablero de mesa, una niña juega a saltar una soga etc. Tales actividades pueden parecernos simplemente neutras, inocentes y pasatiempos con interacción social. También solemos hablar de “juego” cuando un deportista compite profesionalmente y, además, vive ello como un trabajo. En ningún caso, menos en este último, son opuestos el concepto de “juego” y el de “seriedad” ya que todo juego puede ser jugado con la máxima seriedad. En uno de sus famosos aforismos, Nietzsche nos decía que “la madurez del adulto es lograr reencontrar la seriedad con la que se jugaba de niño.”

Es evidente que no a todos les gusta jugar. Sin embargo, nada puede parecer más extraño y asombroso como leer, en las noticias que asoman este inicio de año, a Ahmet Mahmut Ünlü, un telepredicador autoproclamado integrista suní, condenando al juego de ajedrez por fomentar la mentira y sosteniendo que “en lugar de practicar este juego y otros juegos del demonio, mejor sería rezar” (ABC, 07/01/2017). Esta condena no es un sermón aislado sino que viene a sumarse a la fatua del año pasado, cuando el mutfí (autoridad religiosa) de Arabia Saudita, Abdul-Aziz ibn Abdullah, declaró que el Islam prohibía el ajedrez por fomentar el juego, incentivar las apuestas de dinero, ocasionar pérdida de tiempo y generar odio entre quienes juegan (ABC, 21/01/2016). En el siglo XX, tras liderar la Revolución de 1979 y tomar el poder político de Irán, el imán Jomeini prohibió al ajedrez hasta el año 1988 a pesar de que muchos fundamentalistas siguieron pensando que este juego era obra de Satán.

El intento de prohibir por peligroso un juego, en este caso el ajedrez, no es ninguna novedad. Durante la Edad Media, teólogos cristianos de la ortodoxia como Pedro Damián (1007-1072) y Bernardo de Claraval (1090-1153) condenaron y consideraron al ajedrez como un juego diabólico que alteraba la paz social. En aquellos tiempos, las apuestas en este juego eran habituales y un motivo de enojo para las autoridades religiosas. El ajedrez desciende de un antiguo juego de la India y pasa a Persia, entre los siglos III y VI de nuestra era, donde se ven modificadas sus reglas. Cuando los musulmanes conquistan Persia en el siglo VII difunden el juego por todo el Califato. Entre los siglos X y XII, con el desarrollo comercial europeo y el intercambio con Oriente, los musulmanes introducen el ajedrez en el actual territorio español del al-Ándalus. Un mayor reconocimiento hacia las mujeres, visible en la poesía trovadoresca cortesana y coincidente con el culto a la Virgen María, tiene lugar en la Europa medieval del siglo XII presionando la introducción de la Dama en el tablero de ajedrez, una pieza que hasta entonces no existía. Lo hará de modo revolucionario: la Dama podrá moverse en toda dirección y con máxima libertad respecto al resto de las piezas. En su Libro de los juegos en siglo XIII, el rey Alfonso X de Castilla, con un reinado acechado por sucesivas guerras y rebeliones, escribe uno de los primeros tratados sobre el ajedrez interesándose, entre otras cosas, por analizar un problema técnico del juego que también tenía implicancias en su propio reinado: el exceso de jaques al Rey. Alfonso X consideraba a los juegos como una “manera de alegría” querida por Dios para aliviar los sufrimientos de la vida humana y, aunque mantenía cierta desconfianza hacia los juegos de dados, vinculaba el origen del ajedrez con el debate filosófico\teológico entre tres sabios. Así entonces, utilizó al juego como metáfora de un problema relevante para la sociedad de su tiempo: ¿es mejor guiarse por la inteligencia (libertad) o hacerlo por el ciego azar (abandono a la suerte)? El ajedrez, sostuvo el rey Alfonso, fue creado por un sabio que creía en lo primero.

A pesar de su origen oriental, las idas y venidas del ajedrez lo han vuelto un juego icónico y paradigmático de Occidente. Muchos recordarán que en 1972, plena Guerra Fría, un partido de ajedrez puso frente a frente, y en una batalla simbólica, a dos cerebros de ideologías en pugna: el triunfo del norteamericano Bobby Fischer sobre el soviético Boris Spassky anticipó el triunfo del capitalismo sobre el socialismo. Cuando Estados Unidos se convertiría en la única superpotencia bélica y tecnológica, una empresa como IBM desarrollaría un software llamado Deep Blue que vencería, en la década del noventa, al campeón mundial de ajedrez Gari Kaspárov. Con los cambios en el presente siglo en el orden político y económico mundial, hasta el estratega y diplomático Henry Kissinger, en su libro China (2011), se animaba a dar una explicación lúdica del mundo haciendo una analogía entre el pensamiento estratégico occidental y el ajedrez, por un lado, y entre el pensamiento estratégico chino y el wei qui (juego de mesa chino conocido también como GO) por el otro. En el ajedrez, afirma Kissinger, se busca el control y la victoria total, es una batalla por todo o nada, en cambio en el wei qui se busca una batalla prolongada que tiene como objetivo rodear lentamente las fichas del adversario limitando sus movimientos hasta lograr encerrarlo. 

Como se ve, el ajedrez es mucho más que un juego inocente e inocuo. Lo dicho también le cabe a casi todos los demás juegos. Diríamos entonces que no hay juegos neutros sino que siempre son posibles de interpretarse de las más diversas formas. Tampoco podemos descubrir, en la gran mayoría de los casos, quién fue su inventor\creador y cuáles fueron sus intenciones originales ya que casi todo juego es más una composición colectiva realizada a través de los años o siglos que una obra individual. Cada tiempo histórico, cada cultura moldea sus juegos dejando traslucir en ellos valores, sean estos éticos, políticos o económicos, reflejando problemáticas sociales o culturales o apelando a mecánicas que respondan al espíritu de época (hoy se habla mucho de juegos inclusivos y no competitivos). No es casual que juegos de mesa modernos como el Monopoly (en la versión argentina conocida como Estanciero) sea uno de los juegos más vendidos del siglo XX, un siglo de abrumadora consolidación de monopolios comerciales. Cuando Fidel Castro tomó el poder de Cuba en 1959 prohibió todos los ejemplares de este juego intentando evitar así la influencia de la cultura capitalista. La cruzada contra los juegos, sin embargo, parece escalar también en el mundo digital. Recientemente el Pokémon Go, el videojuego de realidad aumentada y que pone en primer plano el debate sobre el borroso límite entre lo humano y lo tecnológico, no corre distinta suerte que la del ajedrez o la del Monopoly cubano. Acaba de ser prohibido en China, Arabia Saudita, India, Irán, Tailandia, Indonesia, Malasia y Egipto. Los motivos son diversos pero se lo considera desde una amenaza a la seguridad nacional hasta un juego antiislámico que promueve las apuestas, las imágenes prohibidas, la corrupción y las adicciones.

Las personalidades autoritarias no gustan de jugar. Viven en un mundo demasiado serio, jerárquico y controlado como para distraerse con “cosas de niños”. El autoritario se siente inseguro en el juego, porque el juego es una caja de Pandora, un terreno de espontaneidad, azar y libertad que amenaza su capacidad de mandar con fe o sinrazón en la vida del prójimo. La filósofa Graciela Scheines escribió que “jugar es interrumpir el orden que rige la vida cotidiana, romper ese mapa que nos sirve para manejarnos en la realidad de todos los días, y sumergirnos en la realidad colmada de objetos tal como aparecen […] cuando uno entra en un juego, su historia personal se interrumpe y uno circula por un tiempo que se come la cola, redondo, circular. Dentro del juego no rigen ni las jerarquías, ni los valores, ni las escalas éticas, ni los prejuicios que reinan afuera. En el juego son las reglas lúdicas las únicas soberanas.” 

Los maestros antiguos griegos sabían muy bien la importancia del juego en la formación de ciudadanos libres. No la fuerza sino el juego podría instruir al niño y hacerlo conocer mejor para qué está dotado cada uno. Perseguir y condenar el juego es como perseguir y condenar la lectura o el cine. ¿Llegará el día en que algún intolerante nos detenga en la calle para saber si acaso no escondemos un alfil en el bolsillo?

Prof. Nicolás Martínez Sáez

Nota publicada en el diario La Capital de Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina.

miércoles, enero 04, 2017

Entrevista a Antonio Escohotado: “Salvo los ricos, nadie temió al comunismo antes de que se pusiera en práctica”

Antonio Escohotado (Madrid, 1941), filósofo español y quizás uno de los pensadores actuales más profundos de habla hispana. Traductor de Hobbes, Jefferson y Newton, comenzó su carrera escribiendo sobre los presocráticos, mitología occidental, crímenes sin víctima y hasta un tratado de Metafísica, a la cual define como “poesía en prosa”. Polémico por su famosa obra “Historia general de las drogas”, de 1.600 páginas, que le valió una denuncia por apología a la droga precisamente durante su visita a la Argentina hace veinte años, emprendió la titánica tarea de documentar y contextualizar las manifestaciones comunistas desde el siglo I a.C., cuando aparecen las primeras noticias escritas. El primer tomo de “Los enemigos del comercio” salió en el año 2008, el segundo en 2013 y el tercero se acaba de editar en el mes de Noviembre. Escohotado afirma que ha escrito esta trilogía para autoaclararse de un pasado en que, según sus palabras, ha sido más rojo que la muleta de un torero.     Con amabilidad y generosidad accede a contestar unas preguntas por correo electrónico.

Alguna vez usted habló sobre “el miedo a uno mismo” y “el miedo al prójimo”, ¿pueden estos títulos resumir sus obras “Historia General de las drogas” y “Los enemigos del comercio” respectivamente? ¿Es el miedo el sentimiento que permite explicar tanto el rechazo hacia el consumo de drogas como hacia al comercio?

AE: Sí, mientras eso no implique simplificar la cuestión, una de las más complejas entre las imaginables. Por lo que respecta al primero de los miedos, toda suerte de droga psicoactiva nos expone ora a la introspección ora a exteriorizar el temperamento -por no decir que siempre a ambas cosas- y abundan quienes temen conocer su intimidad, así como los avergonzados por aquello que hicieron al calor de la ebriedad. De ahí que la “sobria ebrietas” grecorromana sea el compromiso moral y el arte de aprovechar la efusión psíquica, adentrándonos con denuedo en los pliegues del inconsciente, y al tiempo evitando los trances de idiocia o agresividad que fundan la resaca de gentes con mal vino, por ejemplo, o de los que toman cocaína y éxtasis para hablar interminablemente de sí mismos. Proyectada como defensa de los demás, la guerra a La Droga (un universal infundado, dada su variedad intrínseca) es una empresa tan absurda como batallar contra los coches, la dinamita o el ingenio químico, y su destino invariable es triunfar fracasando.    
El miedo a los comunistas resulta más evidente, porque su pretensión de poner primeros a los últimos es la fórmula más sintética de preconizar no ya discordia genérica sino violencias inmediatas.  Prolegómeno de todo, la expropiación del prójimo pasa por ser un acto de restituir, que se retrotrae a una igualdad material tan originaria como solo fabulada, y caso de sacarse adelante –por supuesto con ayuda de censores, verdugos, leyes secretas y retroactivas, etcétera- vuelve a incurrir en la dinámica de triunfar fracasando. La conquista del pan se convierte en crisis de la harina, y todo lo requisado desaparece en el pozo sin fondo del autócrata que sin haber trabajado nunca se nombra mesías del trabajo, dispuesto a traer coactivamente un paraíso terrenal marcado por desnutrición y desabastecimiento. Salvo los ricos, nadie temió al comunismo antes de que se pusiera en práctica, pero desde entonces su principal adversario es el trabajador.    
        
En sus libros, conferencias y artículos, he logrado ver un notable esfuerzo de síntesis entre dos filósofos que, por lo menos desde la Academia, suelen presentarse como contrarios: Kant y Hegel. Las tesis del hombre como fin en sí mismo (Kant) y del hombre como medio (Hegel), ¿pueden ser compatibles?

AE: Ambos consideran al ser humano como fin en sí. Solo me explico suponer otra cosa desde un equívoco en torno al concepto de finitud, que para Kant es mera imperfección humana y en Hegel el medio para trascendernos. El espíritu se realimenta con la constante superación de lo inmediato, pero eso no quiere decir que el individuo sea nunca algo distinto de lo santo e inviolable para cualquier otro individuo.

Su trilogía de los Enemigos del comercio parece ser la mayor reivindicación, desde el mundo intelectual, a los comerciantes. Los intelectuales, en general, los han ignorado y la clase política los ha exprimido con impuestos. ¿No es su trilogía una afrenta contra todos aquellos que han ocultado a estos verdaderos héroes de la Historia Universal, es decir, los que han hecho del comercio una actividad útil para el prójimo?

AE: A diferencia de las relaciones impuestas con mayor o menor fundamento –la religión, la nacionalidad, lo acostumbrado-, el comercio inaugura una esfera volitiva por naturaleza, donde cuanto más progresa la afluencia más se consolida el derecho a la excentricidad, una libertad de hecho que orienta la labor y el gasto de cada uno en la dirección personalmente elegida. Tras milenios de escasez, la explosión de abundancia e inventiva que culmina en internet refleja la creación de capital derivada de que vaya cundiendo el  fabricante/inventor, principal filántropo de nuestros días. Ahora sabemos que el activo más valioso es la innovación, un factor tan indeseable para las sociedades de naturaleza clerical-militar como vital para las comerciales.
Creo que mi trilogía alterna panorámicas generales sobre cada época con una galería de protagonistas, tanto amigos como enemigos del comercio. Sesgada ideológicamente, y lacunaria por pereza a la hora consultar fuentes primarias, la historia que cuentan escuelas y universidades se deja en el tintero lo mismo a Francis Place que a Cobden o Carnegie, porque en vez de promover bilis rabiosa cultivan la compenetración llamada armonismo, pero no mirar ese lado del cuadro solo logra hacer menos amena y concreta la secuencia de hechos.   
    
Luego de la trilogía…¿sobre qué tema seguirá estudiando y escribiendo?

AE: No tengo ni idea, ni dedico un minuto a esa cavilación. Cada hora tiene su afán, y el mío de momento es celebrar que saqué adelante una autoaclaración quizá útil para terceros. Juego al ajedrez online, hago algo más de vida social, leo poco y básicamente floto sobre la existencia, libre de toda prisa por la sensación de haber dado a luz. Morirse estaría bien, cuando lo fundamental se cumplió, pero tampoco es cosa de acelerarlo.       

Prof. Nicolás Martínez Sáez


lunes, octubre 17, 2016

Entrevista a los cíborg Neil Harbisson y Moon Ribas: “Creo que donde va a haber más cíborgs es en África”

Neil Harbisson y Moon Ribas son amigos de la infancia. El primero es un activista cíborg que nació en Londres en 1982 con una condición visual llamada acromatopsia que le impide ver la totalidad de los colores salvo la escala de los grises. Con el tiempo decidió implantarse una antena en su cráneo para ver no solamente los colores que ve el ojo biológico que va del rojo al violeta, sino también los infrarrojos y los ultravioletas. Harbisson no sólo “reparó” su biología sino que se autodiseñó un nuevo sentido: la posibilidad de escuchar los colores y recibirlos desde cualquier parte del mundo a través de Internet. Su par española, Moon Ribas, llamada la “mujer terremoto” es una artista y bailarina cíborg con un implante sísmico online en su brazo. Percibe los terremotos en todo el globo terráqueo que se suceden en intervalos de escasos minutos; cada vez que hay un terremoto el chip vibra y el movimiento se traduce en una coreografía.

Para ambos cíborgs hemos llegado a cierto momento humano donde somos, por lo menos, cíborgs psicológicos. Decimos “me quedé sin batería” en lugar de decir “el teléfono no tiene batería”. Es decir, hablamos como si el teléfono fuera parte de nuestro cuerpo. Imaginemos lo que ocurre con un bypass o con los lentes de contacto. Para Neil y Moon sus devices incorporados son su cuerpo, parte de su cuerpo como cualquier otro órgano y es, algo que señalan con vehemencia, su identidad la que se encuentra  en peligro cuando le solicitan a Neil que se retire su antena para tomarse la fotografía del pasaporte.

Harbisson y Moon nos invitan a dar un paso más, a modificar nuestros cerebros con diseños de nuevos sentidos ¿Por qué en lugar de gastar dinero iluminando los espacios que habitamos no nos añadimos un nuevo ojo de visión nocturna? ¿Qué tan útil nos podría resultar un ojo retrovisor en lugar de un espejo retrovisor en el automóvil? La idea-fuerza es que llegó el momento de diseñar ya no solo a nuestro entorno sino a nosotros mismos: autodiseñarnos.

Ambos son activistas, promueven, divulgan y tratan de gestionar sus identidades cíborgs y conseguir su reconocimiento. Y también nos invitan a todos a ser cíborgs. Según Harbisson, cualquiera, en cualquier parte del mundo, en cualquier momento y con tan solo algo de voluntad, lo puede ser y lo puede hacer.

En el año 2010 Harbisson y Ribas crearon la Cyborg Foundation con el fin de incentivar la ampliación de sentidos y capacidades humanas mediante la creación y aplicación de extensiones cibernéticas en el cuerpo humano, promover el uso de la cibernética en eventos culturales y defender los derechos de los cíborgs.

Aquí compartimos el dialogo que tuvimos con ellos luego de sus conferencia.

¿Cuál es tu opinión sobre el transhumanismo?

Neil Harbisson: El transhumanismo es grande y abarca muchos pensamientos. Nosotros tenemos una mirada más horizontal que otros transhumanistas. Para nosotros, ser cíborgs, no es mejor ni peor sino que es una más de las especies que puede haber. Nosotros no somos transhumanos sino transespecie y estamos pensando mucho más en esta evolución horizontal que en la vertical.

El transhumanismo habla de la “muerte como una opción”. La tecnología en los términos en que la presentan, ¿puede superar la frontera de la muerte biológica?  Si es así, ¿estamos ante la puerta de una nueva religión cíborg?

Neil Harbisson: Tú puedes decidir cuándo morir. Si quieres morir hoy, puedes hacerlo. El hecho de vivir más o menos creo que también lo puedes decidir porque la duración de tu vida depende de ti y no del tiempo, aunque te lo hagan creer. A alguien 20 años puede ser mucho y a otro puede irse volando. Si tienes un órgano que te permita controlar tu percepción del tiempo puedes hacer que tu vida dure muchísimo más y entonces puedes decidir cuándo quieres morir. Creo que modificando el cerebro podemos modificar la duración de nuestras vidas porque todo está ahí dentro. Y en vez de buscar fórmulas para que nuestros cuerpos no mueran nunca, creo que es mucho más acertado buscar fórmulas para que nuestro cerebro no muera nunca.

En los últimos años, con el desarrollo capitalista, la tecnología avanzó hasta un punto tal que nos permite modificar totalmente el mundo en función de las necesidades humanas. Muchas veces esas modificaciones se hacen al costo mismo de la naturaleza, del ambiente y terminan incluso siendo perjudiciales para las personas mismas. ¿En qué medida este movimiento cíborg podría superar esa especie de escisión entre hombre y naturaleza, si es que la puede superar y cómo colaboraría para eso?

Moon Ribas: Creo que ni nosotros mismos sabemos cómo es nuestro planeta. Ahora que he sentido terremotos durante tres años me doy cuenta de que es increíble que hayamos construido ciudades al borde de las placas tectónicas. Si conociéramos más y entendiéramos más nuestro planeta, no nos comportaríamos como nos estamos comportando ni construiríamos ciudades como las hemos construido. Yo creo que tenemos que aprender a vivir en nuestro propio planeta. En vez de cambiar todo el rato nuestro entorno a nuestras propias necesidades tenemos que cambiarnos a nosotros mismos para adaptarnos más a nuestro planeta. Yo creo que, el movimiento cíborg, en vez de alejarnos de la naturaleza nos puede unir más a ella y entenderla mejor. También a otras especies y en lugar de sentirnos superiores o alejados de los animales, yo creo que tenemos que admirarlos y aprender de ellos. Si sólo cogemos un sentido que un animal tiene, nuestra percepción del planeta puede cambiar y ser emocionante.

En un mundo tan horroroso como el que vivimos, lo que ustedes postulan ¿no es a la vez banal y horrible? ¿Cómo podrían democratizar su propuesta de hacerse cíborgs?

Neil Harbisson: De todos los que me mandan colores, el que más me manda es el de África y es el que más buena conexión a Internet tiene respecto a los otros. En el futuro nos vamos a sorprender porque creo que donde va a haber más cíborgs es en África porque no es la cuestión del dinero lo importante para hacerse cíborg sino la cuestión de perder el miedo a modificarse a uno mismo. Yo creo que la tecnología es lo más democrático que hay, de hecho, todos los desarrollos que estamos haciendo son open source y si tú quieres hacerte mi antena te la puedes hacer y crear tú mismo. Todos los sentidos que se están creando no son cerrados sino que cada persona puede acceder a un código y crearse sus propios sentidos. Además, cuando haya impresoras 3D, será aun más fácil crear estos órganos de sentidos.

Entrevistaron: Libertad Martínez (Profesora en Filosofía y Artista), Edgardo Reynaldi (Profesor en Filosofía y Diseñador) y Nicolás Martínez Sáez (Profesor en filosofía e Ingeniero)


Photo: Santiago Vellini

Nota publicada en el diario La Capital, Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina. 


lunes, agosto 01, 2016

José Ortega y Gasset en la Argentina: entre halagos y críticas

Se cuenta que cuando al escritor británico G. K. Chesterton le preguntaron qué opinión tenía de los franceses, respondió: “No los conozco a todos”. Hay aquí un problema filosófico, de raíces medievales, dificultosísimo: ¿es posible hablar en términos universales sobre cosas o personas particulares?

Cuando en 1916, el filósofo español José Ortega y Gasset arribó, por primera vez a nuestro país, sabía muy bien que, al momento de pensar, lo que hacemos es dislocar lo real y, por lo tanto, todo concepto es siempre una exageración y, en ese sentido, una falsificación. La exageración es el momento de creación que tiene el pensamiento. Ortega ofreció otro reparo a la hora de analizar, con su bisturí intelectual, al “ser argentino”. Él mismo se consideraba un “entusiasta que pasa”, un “argentino imaginario” del cual no podría surgir, como tampoco era de esperar de un extranjero, ninguna verdad acerca del argentino. El extranjero forma opiniones desdibujadas del país que visita pero éstas deben ser aprovechadas. Ortega remata con una expresión paradójica: “la verdad del viajero es su error” y, por poco interesante que sea el alma del extranjero, debe interesar la línea de su error. ¿Por qué éste erra en tal punto y no en otro?

¿Qué dijo Ortega, acerca de los argentinos, durante su primera visita? En Impresiones de un viajero, sostiene que se ha encontrado con un pueblo lleno de afanes y libre de envidias. Decide no hablar de la riqueza, ni del “heroísmo cereal y ganadero”, al que admira, sino que hace notar el volumen poroso de la nación, donde pueden entrar hombres de toda raza, de toda lengua, de toda religión y de toda costumbre. Además, junto a este poder atractivo, encuentra un talento para absorber a todos estos hombres en la unidad de un Estado. El pueblo criollo, le parece a Ortega, un pueblo con talento socializador de Estado, al que se le hace necesario el cultivo de actividades sobre-económicas cuanto mayor es su desproporción frente a las utilitarias y practicistas. Ésta es la misión que debe asumir la Universidad, que el filósofo español ve como el instrumento para la labranza de los pueblos.

Don José Ortega y Gasset volvió a la Argentina en 1928 y a través de dos ensayos, La Pampa….Promesas y El hombre a la defensiva, se hizo paso para descender a las profundidades del alma argentina. En el primer ensayo, Ortega refleja su sentirse invadido por la extensión pampeana mientras viaja en tren camino de Mendoza. Advierte que la Pampa se mira comenzando por su confín, por su órgano de promesas, y concluye que acaso lo esencial de la vida argentina es eso, ser promesa. La Pampa promete, promete y promete, es pura abundancia que hace que nadie viva donde está sino en la lejanía, delante de sí mismo. Las ruedas de los molinos mecánicos de la Pampa prometen y aspiran a ser ruedas de la fortuna. Pero cuando las promesas no se cumplen, queda el hombre argentino atónito y mutilado. Así entonces, el alma criolla se llena de promesas heridas y sufre de un descontento radical. El criollo, remarca Ortega, no asiste a su vida efectiva, sino que se la pasa fuera de sí, instalado en la otra, en la vida prometida, y es por eso que en el argentino predomina, como acaso en ningún otro hombre, esa sensación de una vida evaporada sin que sea advertida. En el segundo ensayo, El hombre a la defensiva, Ortega insiste en el tópico de su primera visita: el grado de madurez a que ha llegado la idea de Estado. Pero el Estado que encuentra Ortega, en tiempos de Hipólito Yrigoyen, le parece un Estado rígido, separado por completo de la espontaneidad social, vuelto frente a ella y con rebosante autoridad sobre individuos y grupos particulares. A veces, Buenos Aires, le hace acordar a Berlín cuando ve asomar por dondequiera el perfil de gendarme de las instituciones públicas. Descubre que el pueblo argentino no se contenta con ser una nación entre otras: quiere un destino peraltado, exige de sí mismo un futuro soberbio y está resuelto a mandar porque tiene vocación imperial. (Nota marginal: ¿habrá pensado lo mismo aquel fugaz ex presidente cuando dijo que “los argentinos estamos condenados al éxito”?) Pero la altanería de los proyectos tiene inconvenientes, y Ortega advierte el peligro que implica que los argentinos, de puro mirar su propio proyecto, olviden que aún no lo han cumplido y acaben de creerse ya perfectos. Y esto atentaría con el efectivo proyecto, ya que no hay manera más cierta de no mejorar que creerse óptimo. Ortega, ante este Estado, que le parece arrollador y triturador de toda voluntad indócil que se resiste, pregunta: “¿no hay demasiado orden en Argentina? ¿no se ha dejado influir Argentina por esa valoración hipertrófica del Estado, que transitoriamente, padecen las naciones europeas?”.

Respecto a la vida y al trato cotidiano, Ortega señala diferencias en sus experiencias con hombres y mujeres. Cuando se tiene delante a un argentino típico, el filósofo español, nota que algo impide comunicarse con él. Observa como si aquel hombre, presente ante él, estuviese en verdad ausente, es decir, como faltando a su propia autenticidad porque su palabra y gesto no se producen desde un fondo vital íntimo sino como fabricados expresamente para el uso externo. Por eso, Ortega afirma que el varón argentino es un hombre a la defensiva. Al europeo no le sale una conversación si no es un canje de intimidades, en cambio, el argentino no se abandona y cuando el prójimo se acerca, hermetiza más su alma y se dispone a la defensa. Cuando se intenta hablar con él de política, de ciencia o de cualquier otra cuestión, tiene su energía puesta no sobre el asunto a conversar sino ocupada en defender a su propia persona. Este vivir del argentino en estado de sitio, cuando nadie lo asedia, le parece a Ortega una propensión superlativamente extraña. En vez de estar viviendo activamente lo mismo que pretende ser, en vez de estar sumido en su oficio o destino, se coloca fuera de él y muestra su posición social como se muestra un monumento. Es esta actitud defensiva lo que hace que el argentino ocupe la mayor parte de su vida en impedirse vivir con autenticidad. Ortega explica este fenómeno del “argentino a la defensiva” admitiendo dos hipótesis: (1) que en la Argentina, el puesto o función social de un individuo se halla siempre en peligro por el apetito de otros hacia él y la audacia con que intentan arrebatarlo y (2) que el individuo mismo no siente su conciencia tranquila respecto a la plenitud de títulos con que ocupa aquel puesto o rango.

Para Ortega, la sociedad argentina no se ha habituado a exigir competencia y, a la presión suscitada de los demás, se añade una inseguridad íntima que es preciso compensar adoptando un gesto convencional e insincero para convencer al contorno de que se es efectivamente lo que se representa. Así pues, señala que cuando el argentino procura convencer a los demás del lugar y la importancia de él mismo, de paso, intenta convencerse a sí mismo. El individuo argentino no llega a un puesto, oficio o rango por una necesidad interna, en virtud de un pasado de preparación y esfuerzo, sino más bien que se encuentra súbitamente dentro de él. No hay adherencia entre el individuo y su figura social. El argentino resbala sobre toda ocupación y vocación. No se trata de que esté mal dotado, sino que no se ha adscripto nunca a la actividad que ejerce, no la considera definitiva sino como una etapa transitoria para avanzar en su fortuna y en jerarquía social. Este modo de vivir escinde a la persona en dos: su intimidad auténtica y su figura social o papel. Aquí encuentra Ortega el motivo por el cual resulta difícil la comunicación con el argentino: él mismo no se comunica consigo.

A pesar de lo dicho, Ortega niega que el argentino sea un ser egoísta porque con egoístas no se podría hacer, en un siglo, un pueblo del porte como el de Argentina. El argentino no tiene puesta su vida en nada, pero tampoco es su persona lo que más le importa sino, lo que le preocupa, es la idea que él tiene de su persona. El egoísta es un hombre sin ideal que no trasciende a sí mismo. En cambio, el argentino es un frenético idealista ya que tiene puesta su vida en una cosa que no es él mismo sino la idea que tiene de sí mismo. Vive atento a una figura ideal que de sí mismo posee, se gusta a sí mismo y lo que gusta no tiene por qué parecer lo mejor del mundo, basta que guste. El argentino nace con una fe ciega en el destino glorioso de su pueblo y es ello una de las grandes fuerzas que empujan al país. Ortega sentencia: “el argentino es demasiado Narciso”, vive absorto en la atención de su propia imagen y lo grave es que se acostumbra el individuo a negar su ser espontáneo en beneficio del personaje imaginario que cree ser y, por lo tanto, al intentar hablar con él y buscar su intimidad, nos presenta su imagen ideal.

La última visita de Ortega a la Argentina fue en 1939 y allí pronunció, en una conferencia conocida como Meditación del pueblo joven, unas palabras que quedaron en la memoria de las siguientes generaciones: “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcicismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal.” En este último viaje, Ortega sentía que la vida argentina tenía otra edad que la de Europa, era una vida adolescente y, por lo tanto, descontenta, habituada a sentir angustias, de apetitos indecisos y vastos que no se logran nunca pero donde las pasiones funcionan a toda máquina con plenos y recién hechos resortes. Ortega afirma venir a llevarse lo que sobra en Argentina: juventud, aquello que le poda decrepitudes y lo instaura en vida nueva.

El filósofo español no simplemente habló con y para los hombres argentinos, también dedicó una meditación a las argentinas y mujeres sudamericanas. En Meditación de la criolla intentó esbozar una psicología de la criolla. Sostuvo que ésta es vehemente, porque vive en constante lujo vital sin estar ante nada escasa de reacción y, a diferencia del hombre argentino, está siempre yendo a las cosas y personas, en vía tensa hacia ellas. También es espontánea, porque vive de lo que en su intimidad nace y brota. Es auténtica por estar instalada dentro de la más normal normalidad y, desde allí, siempre es un poco otra cosa que lo normal. Gracia y molicie son dos características con las que cierra esta descripción de la mujer criolla: la gracia en sus gestos, ademanes, posturas, expresiones y travesuras, y la molicie porque la criolla es muelle, ni dura ni etérea, sino justo medio.

Parece ser que algunos porteños le reprocharon al filósofo que sólo hablaba de las virtudes de la criolla y no de sus defectos. Como respuesta, reconoció en los porteños una morbosa complacencia en recoger lo defectuoso y lo desgraciado de las cosas como si se tratase de pepitas de oro. Vio en el porteño una viviente objeción hacia los demás donde cada cual parece ocuparse más que en vivir, en detener, trabar y frenar la vida de los demás.

Quizás a algún lector le provoque espanto las impresiones de Ortega sobre los argentinos pero, sus centenarias observaciones, adquieren actualidad con motivo de nuestro bicentenario, no por ser observaciones exactas ni que se correspondan, así sin más, a nuestra realidad sino por ser útiles para volver a pensar la identidad argentina en un ejercicio que tenga más de un rumiar pausado que de una vejación hacia el extranjero.

Prof. Nicolás Martínez Sáez

Nota publicada en el diario La Capital, Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina.



sábado, enero 30, 2016

Big Data: ¿revolución o dictadura?

“Estimado cliente, debido a la frecuencia cardíaca registrada por su reloj inteligente (smartwatch), durante los últimos cinco años, lamentamos notificarle que hemos rechazado su solicitud para adherirse a nuestros servicio de salud prepaga”. No es de extrañar que, en los próximos años, mensajes de este tipo sean cada vez más frecuentes en nuestra vida cotidiana. Al afán por registrar digitalmente todo, todo el tiempo, le seguirá lo que algunos han llamado el oro del siglo XXI: el “Big Data”, del cual, está todo por pensar y, también, todo por escribir.

Cuando efectuamos una búsqueda en Google, hacemos un clic en el botón “Me gusta” de Facebook o compartimos algo en la red, no dejamos de alimentar a inmensas bases de datos dispersas alrededor del mundo que registran los miles de miles de millones de operaciones que día a día realizamos los usuarios de Internet. Vivimos en la Era del Big Data, o como ha sido traducido al español, la Era de los Datos Masivos. La capacidad de almacenamiento digital casi ilimitada, el bajo costo de las memorias y el amplio uso de teléfonos, relojes y otros dispositivos inteligentes hacen posible nuevas formas de comprender, explicar y actuar en el mundo.

En un artículo polémico del año 2008, publicado en la revista Wired y  titulado “El Fin de la Teoría: el diluvio de datos hará obsoleto el método científico”, el escritor Chris Anderson sostuvo que los científicos no deben conformarse con modelos incompletos o equivocados y ni siquiera debieran trabajar utilizando modelos teóricos. La masividad de datos almacenados permite otro tipo de análisis que reemplaza la conjetura, el análisis causal o semántico por la correlación fundada en las matemáticas aplicadas. Es por esto que el método de Google, ideal de trabajo para los futuros científicos, puede traducir entre idiomas sin “conocerlos” y posibilitar que los empleados que trabajan en el servicio de traducción español-chino no tengan que saber absolutamente nada del idioma chino. Todo se resuelve con datos sin necesidad de conocer teoría alguna. Si los modelos son siempre imperfectos e incompletos respecto a la totalidad de la realidad, ¿por qué no “escuchar” lo que nos dice la perfecta y objetiva totalidad de los datos?. La correlación permite vincular, dentro del mar de datos,  una variable con otra sin necesidad de recurrir a modelo teórico alguno. Anderson sostiene que no debe interesarnos por qué la gente hace lo que hace sino simplemente saber que lo hace, y a partir de un gran número de datos podremos medir, seguir y predecir casi cualquier cosa. De esta manera, propone olvidar las taxonomías, la ontología y la psicología. Con una cantidad suficiente, los datos “hablarán” por sí solos sin necesidad de teoría previa. Antes del Big Data, los científicos consideraban que los datos sin modelo eran puro ruido. Ahora, los datos masivos hacen obsoletas a las hipótesis, los modelos y los testeos. En el año 2013, Viktor Mayer-Schönberger y Kenneth Cukier escribieron un libro ineludible para todo aquel que quiera adentrarse en el tema: “Big Data: la revolución de los datos masivos”. Allí profundizaron las ideas de Anderson sosteniendo que los datos masivos son un paso importante en el esfuerzo de la humanidad por cuantificar y comprender el mundo. Los datos masivos llevarían a que la sociedad abandone su preferencia por la causalidad y aproveche los beneficios de la correlación: predecir atascos en las rutas, prevenir enfermedades y detener delincuentes antes de que delincan serían algunos de los beneficios que Schönberger y Cukier vislumbran para el futuro. A pesar de presentar al Big Data en su aspecto más positivo y revolucionario para la humanidad, los autores señalan los peligros a los que nos puede conducir una dictadura de los datos. Aclaran que al igual que la imprenta que preparó el terreno para las leyes que garantizaban la libertad de expresión - que no existían antes, al haber tan poca expresión escrita por proteger - la Era de los Datos Masivos precisará nuevas reglas para salvaguardar la inviolabilidad del individuo.

El auge de las nuevas tecnologías ha hecho borrosas las fronteras entre lo público y lo privado. Sin embargo, la cuestión de la privacidad parece desplazarse fuera de esta dicotomía desde el momento en que miles de millones de personas comparten gustosamente sus datos en las redes sociales. ¿Tiene todavía sentido hablar de proteger nuestra privacidad cuando compartimos indiscriminadamente nuestros datos (videos, fotos, pensamientos etc.) en Internet? Se hace necesario reorientar nuestra mirada hacia la responsabilidad individual en el uso de las nuevas tecnologías para no recaer en un victimismo justificado en expresiones como “los datos me obligaron a hacerlo” y que convierta al Big Data en un chivo expiatorio donde depositar todas nuestras culpas y frustraciones.

Llamativamente, y al compás de gran parte de los desarrollos filosóficos del siglo XX y XXI, Schönberger y Cukier sostienen que una vez más nos encontramos en un callejón sin salida en el que “Dios ha muerto”, es decir, que las certezas en las que creíamos están cambiando una vez más, pero, al decir de los autores, esta vez están siendo reemplazadas irónicamente por pruebas más sólidas. La frase “Dios ha muerto”, popularizada por el filósofo alemán Federico Nietzsche ha sido interpretada como una afrenta directa al cristianismo pero que incluye, a su vez también, a toda la tradición filosófica occidental que va de Sócrates en adelante y que ha postulado, de diferente manera, la idea de un mundo verdadero y no terrenal contrapuesto a otro de la apariencia y sensible. El término “Dios” puede ser reemplazado, en el pensamiento de Nietzsche, para designar al mundo suprasensible, es decir, al ámbito de los valores e ideales espirituales que constituyeron, históricamente, el fundamento del pensamiento occidental. Para nombrar a este movimiento histórico donde los valores supremos van perdiendo vigencia, Nietzsche utiliza la expresión “Nihilismo”.

En 1887 Nietzsche sostiene proféticamente que el Nihilismo es falta de metas y de respuestas a la pregunta “¿por qué?”. Es exactamente esto, tal como lo afirman sus promotores, lo que hace del Big Data una nueva manera de comprender el mundo, prescindiendo de la pregunta del porqué y de toda búsqueda de causas que expliquen la realidad. El Big Data constituye una nueva manifestación del Nihilismo que pretende ocupar el lugar del Dios muerto. El dato objetivo, incuestionable, evidente e inapelable aparece dentro de nuestro horizonte cultural como el nuevo Dios a cuyos pies debemos rendirnos. Pensar o actuar contra la evidencia de los datos será propio de aquellos cuya razón se encuentre trastocada por alguna emoción “irracional” o, bien, por una fe “ingenua”. Sin embargo, ambas formas de obrar serán el ámbito de resistencia y de defensa de la libertad individual.

Indiferenciadas, filosofía y ciencia occidental, surgen en el siglo VII a.C. motivadas por el asombro, la duda y las situaciones límites que llevan a la búsqueda sin término de fundamentos últimos y constitutivos de la realidad. Preguntar el porqué de las cosas es lo opuesto a aceptar acríticamente que “las cosas son así”. El abandono del “¿por qué?” es la renuncia a la pregunta auténticamente filosófica frente a un espíritu de época que, montado en la ola de la revolución tecnológica, prefiere cuantificar y datificar todo lo viviente en lugar de pensar y examinarlo. No otra cosa quería decir el maestro griego Sócrates cuando afirmaba que una vida sin examen no merece ser vivida.

Prof. Nicolás Martínez Sáez

Nota publicada en el diario La Capital de Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina.
Link: http://www.lacapitalmdp.com/noticias/Espectaculos/2016/01/09/293422.htm

jueves, agosto 20, 2015

Los orígenes religiosos de la informática

Año 1308, ¿quién podría prever que un poeta convertido al cristianismo sería quien inventara la primera máquina lógica de la historia occidental? Es en la obra del filósofo mallorquín laico, trovador y místico, Ramón Llull (1232-1315), donde se halla uno de los más remotos registros de los orígenes de nuestras modernas computadoras. Su vida ha sido la de una mente y un corazón inquieto. Durante sus años de juventud, Llull, se entregó a los placeres y deleites mundanos, escribiendo gran cantidad de poesía amorosa y cortesana que tenía de inspiración, entre sus principales tópicos, al amor adúltero. A la edad de treinta años, y mientras escribía poesías eróticas, se le presentó la imagen de Cristo crucificado. En cada intento de retomar la escritura, Cristo se le volvía a aparecer. Ya en la quinta y última aparición, Llull decide abandonar la poesía y convertirse al cristianismo. A partir de allí, dedicará su vida a tres objetivos: (1) predicar el cristianismo, como mártir, en los territorios del norte de África dominados por la religión musulmana; (2) intentar convencer a reyes, príncipes y al Papa de crear escuelas donde enseñar el idioma árabe y (3) construir el más poderoso arte (máquina) capaz de convertir a los infieles musulmanes y judíos al cristianismo.

Luego de su conversión y de su escaso éxito con los dos primeros objetivos, Ramón Llull dedica todas sus energías a la construcción de lo que llamó el Ars Magna, una máquina en pergamino y tinta, un constructo teórico-lógico que a través de complejos mecanismos, que contenían definiciones de principios absolutos y relativos, círculos, triángulos y tablas, permitiría crear numerosas combinaciones determinando la verdad o falsedad de cualquier proposición acerca del mundo, del hombre y de Dios. El Ars Magna fue concebido como una herramienta para convertir a los musulmanes y judíos al cristianismo católico, demostrando que sus ideas eran erróneas y llevándolos a aceptar los dogmas de la fe católica. Así entonces, los infieles musulmanes, que investigarían en el Ars Magna cuestiones como por ejemplo, si el mundo es eterno, podrían descubrir, luego de una serie de combinaciones complejas, que sólo es verdadera la proposición contraria y católica: el mundo no es eterno sino que fue creado por Dios. El Ars Magna se sostenía a base de axiomas (definiciones de los atributos de Dios: Bondad, Grandeza, Verdad etc. y otras de la totalidad de los entes de la realidad: Ángel, Cielo, Hombre etc.) extraídos del sentido común medieval y aceptado por los creyentes de las tres religiones monoteístas: cristianos, musulmanes y judíos.

Por tanto, ¿qué tiene que ver toda esta cuestión con la informática? El asunto es que Llull fue un precursor de muchos elementos esenciales utilizados en la ulterior teoría computacional: combinatorias, variables y lenguajes formalizados. Tales elementos fueron retomados y ampliados, en la modernidad, por el filósofo Leibniz que dio paso a la búsqueda de lenguajes artificiales perfectos y que es el antecedente más directo de la actual inteligencia artificial. Si bien la máquina de Llull no funcionaba de una manera puramente mecánica, sino que requería de un usuario que la interpretara, estaba dotada de una cierta autonomía que no la hacía depender, para su logrado sistema sintáctico, de ninguna autoridad externa.

No son pocos los historiadores y estudiosos que han visto en Llull a un precursor de la ciencia informática y la inteligencia artificial. Algunos filósofos como Werner Künzel, utilizando un lenguaje contemporáneo, han sugerido que la figura de Llull es la de un hacker filosófico con acceso a los bancos divinos de datos. En Llull podemos encontrar a un hombre que no ha hecho más que buscar el código de Dios, un código infalible capaz de convertir a cualquier creyente a la fe católica y de capturar, en su lógica, a toda la realidad. En esta búsqueda, Llull sentó las bases de un desarrollo posterior inimaginable para el mundo medieval.

La experiencia de Llull nos invita a reflexionar acerca de los fines de las construcciones teóricas, científicas y tecnológicas. ¿Cómo una máquina construida en el medioevo para convertir infieles al cristianismo, resulta ser el germen de una de las disciplinas más novedosas del siglo XX y XXI? Pensar el aporte de Llull nos hacer recordar que nada hemos recibido como caído del cielo, sino que todo nuestro mundo cultural es el fruto de generaciones y generaciones que nos preceden y que crearon a partir de un determinado contexto sociohistórico. La informática y la inteligencia artificial, tal como hoy la conocemos, no son más que hijas bastardas crecidas al calor de la contienda militar que marcó a fuego y sangre a Occidente: la Segunda Guerra Mundial. En consecuencia, la sospecha de que muchas nuevas tecnologías surgen por y gracias a las disputas políticas, religiosas y militares o bien, gracias al afán de conquista y dominio humano, parece reforzarse, dejando así poco espacio para pensar en otras posibles motivaciones, más loables y menos sanguinarias, para el surgimiento y desarrollo de la creatividad humana.

Prof. Nicolás Martínez Sáez

Nota publicada en el diario La Capital de Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina.