martes, noviembre 05, 2019

Entrevista a Ezequiel Wittner, experto en juegos de mesa

Ezequiel Wittner es fundador de la Geek Out!, una comunidad que difunde los juegos de mesa modernos, de rol, videojuegos, películas pochocleras, literatura fantástica, de ciencia ficción y comics. En el año 2015, junto con su esposa Laura, crearon la editorial de juegos de mesa de autor El Dragón Azul. Ambos son referentes ineludibles en el creciente mundo de los juegos de mesa argentinos que han seguido una tendencia creciente a partir de la publicación en 1995 de Los colonos de Catán, un juego alemán diseñado por Klaus Teuber. A diferencia de los juegos tradicionales y de azar, los juegos de mesa modernos presentan diferentes mecánicas de cooperación, negociación y administración de recursos alrededor de los cuales se va conformando una comunidad sin límite de edad y cada vez más ávida de propuestas lúdicas. Entre el 8 y 10 de Noviembre de este año se llevará a cabo el 8vo Encuentro Nacional de Juegos de Mesa (ENJM8) en Villa María, Córdoba, en donde se reúnen cientos de aficionados, curiosos, numerosas editoriales y diseñadores independientes para disfrutar y conocer los últimos diseños de Argentina y del mundo.

¿Cómo es tu llegada al mundo de los juegos de mesa?
Empecé jugando los clásicos cuando era chico y conocí los juegos de mesa modernos de la mano de quien ahora es mi esposa, que tenía unos 30.  El primero que jugué fue el de Game of Thrones y fue amor a primera vista.

¿Qué caracteriza a los juegos de mesa modernos y cuáles son las formas de acceso a ellos?
Creo que la característica más importante es que mantienen a todos los jugadores interesados en la partida hasta el final de la misma.
La mayoría de los juegos de cuando éramos chiquitos, tenían finales que se estiraban como chicle y muchas veces no los terminábamos sino que declarábamos un ganador o un empate y listo. Esto hoy en día no pasa, ni siquiera en los juegos largos: ya no se sabe quién va a ganar una hora antes de que termine la partida.
Asimismo, se caracterizan por tener el nombre del autor bien visible en la tapa.
La manera más fácil de acceder a ellos es a través de los clubs de juegos de mesa que se han organizado en las diferentes provincias.

Cada año Geek Out, auspiciado por la editorial El Dragón Azul,  organiza el concurso “Innovando el Juego” donde se eligen prototipos argentinos cuyo premio es la publicación. ¿Cuáles son los aspectos positivos y negativos de los prototipos?
Lo más positivo de los prototipos es que fomentan la aparición de nuevos diseñadores y que se prueben ideas originales. Los prototipos mantienen vivo al mundo de los juegos de mesa.
No hay per se algo negativo sobre un prototipo, aún si al testearlo se llega a la conclusión de que hay que retroceder a una etapa anterior del diseño o incluso desecharlo y volver a empezar, algo aprendimos en el proceso y el próximo será mejor.

¿Qué características tiene que tener, según tu criterio, un buen juego de mesa?
Un juego de mesa es básicamente un reglamento. Un excelente juego de mesa que nadie puede jugar porque no entiende lo que dice el manual, sólo sirve para emparejar la pata de un mueble.
En cuanto a las características del juego en sí, podría decir que para gustos colores.  El juego que le gusta a uno no le gusta al otro y viceversa. Si logramos que alguien se entretenga, es un éxito.

Como editor de juegos de mesa de autor, ¿cuáles son las dificultades con que te encontrás y qué proyectos tiene El Dragón Azul a futuro?
La mayor dificultad es el atraso técnico que hay en Argentina, el cual nos impide editar juegos con la misma calidad que se editan en otros países. Incluso algunos componentes que parecerían ser “simples” como cubitos de madera de colores, son imposibles de producir acá a un costo razonable, imposibilitando la edición local de algunos títulos.
A futuro, estaremos editando Konig que está casi listo, Tierra Feudal, Tu Letra, Salvajes, la Herencia del Rey, Cardumen y Ludus Magnus, todos de autores argentinos.

Prof. Nicolás Martínez Sáez
Nota publicada en el diario La Capital de Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina.  https://www.lacapitalmdp.com/el-fantastico-mundo-de-los-juegos-de-mesa/

martes, octubre 22, 2019

Censuras y autocensuras en el mundo de hoy


La expansión de la libertad de expresión facilitada por Internet y ampliada por las redes sociales digitales parece encontrar un punto límite de resistencia. Como toda verdadera revolución, la revolución tecnológica encuentra rápidamente a sus censores. Los gobiernos y los mismos gigantes tecnológicos requieren de un número cada vez mayor de moderadores humanos ante la falla de los filtros automáticos entrenados con machine learning. Por un lado, China, abiertamente, ha construido el sistema de censura más sofisticado y su visión es la de poner todo Internet bajo la supervisión del Partido Comunista. Por otro lado, los gobiernos occidentales, elaboran dispositivos legales para eliminar las fake news que se expanden como la peste y las empresas tecnológicas líderes, convertidas en jefes editores mundiales, imponen sus propias normativas al resto de los editores sobre lo que se puede y no se puede decir. El documental The cleaners (2018) muestra cómo miles de jóvenes de Filipinas trabajan para empresas como Google o Facebook como limpiadores y censores del contenido que se sube a Internet. El caso paradigmático de censura fue el que realizó Facebook en 2016 al principal diario de Noruega, el Aftenposten, de la iconográfica foto de la niña, que con la piel ardiendo y con llanto desconsolador, corría por una carretera luego de que un avión del ejército de Vietnam del Sur bombardeara con napalm la población donde vivía en 1972. Facebook se resistió a admitir la diferencia entre una foto de contenido pornografico infantil y otra de contenido histórico.
La censura masiva limita la capacidad de expresión y juzga como un contenido igualmente peligroso tanto a un discurso político opositor y una pintura de un desnudo como a un atentado terrorista y un abuso infantil. Todos este contenido es censurado para procurar que los clientes de las redes sólo reciban información edulcorada e indolente. Sin embargo, frente a esta censura externa, somos protagonistas de otra censura de carácter interno: la autocensura, un fenómeno cada vez más frecuente en donde las personas eligen no expresarse en la redes para no ofender a los suyos. Si durante los años 80 y 90 Internet se constituía como una comunidad con sentido propio y responsable, donde los pocos mensajes hostiles nunca eran tomando demasiado en serio, a partir de las redes sociales la fraternidad digital parece haber sido socavada. La contracara de la autocensura es el uso acrítico del material compartido en las redes, la falta de chequeo de las fuentes de información y el “dejarse llevar” por la comodidad de la opinión mayoritaria. Contribuyendo a esta cultura endogámica, el denominado filtro burbuja, algoritmos que devuelven información afín al usuario basándose en sus propios datos, parece ser la solución de los gigantes tecnológicos para apartar a los clientes de la información conflictiva, no alineada con sus puntos de vista y aislarlos intelectualmente en su propio sesgo informativo. 
Sin embargo, cuando hablamos de autocensura digital hablamos de personas que en las redes sociales tienen a amigos, familiares, compañeros de trabajo, colegas, desconocidos con los que se comparte un hobby etc. Al estar tan diversificada la red de contactos se deriva en lo que se llama un colapso del contexto y para reducir el riesgo de la discrepancia se adquiere un enfoque del menor denominador común a la hora de publicar, haciendo que la red se vuelve ajena a todo conflicto. El problema de la autocensura no es tan importante en sus efectos digitales, cuyo enfoque del menor denominador común puede ser una alternativa para mantener la salud mental, sino más bien lo que ocurre en nuestras conversaciones analógicas y cotidianas. Cada vez más actuamos como policías de nuestro pensamiento, vigilando nuestras palabras, ajustándose al decir esperable común por el miedo que nos genera la posibilidad de ofender a otros. Nuestras conversaciones van perdiendo espontaneidad para someterse a las tiranías de la corrección política. Así pues, explotamos al máximo el uso de eufemismos con el que intentamos describir algo a través de complicados rodeos lingüísticos.
Algo de este fenómeno, es decir, de que hablar es siempre ofender a alguien ya lo había advertido el filósofo español José Ortega y Gasset en unas de sus visitas a la Argentina. En un ensayo de la década del veinte, titulado El hombre a la defensiva, señalaba que en Buenos Aires todo lo que se dice o se hace hiere a alguien, viola alguna personalidad secreta u ofende a algún fantasma íntimo. Si en aquel momento los españoles sentían aún lejos a este fenómeno, hoy lo viven en carne propia escritores como Arturo Pérez-Reverte que ha manifestado, no sin ironía, que cuando se dice que “fulano es un tonto”, se ofenden todos los tontos. Hablar, escribir, dialogar de manera corriente e incluso entablar nuevas relaciones comienza a ser problemático a consecuencia de quienes se empeñan en ser policías de la palabra. ¿Quizás dueños de las palabras? También.
El mundo, no ya el digital sino el analógico, se torna invivible si nos autocensuramos a decir lo que pensamos. ¿Es sólo el miedo a ofender el motivo por el cual elegimos la propia censura de nuestras opiniones? ¿O quizás el terror que nos produce quedar colocados en medio de una reacción o linchamiento cuando expresamos ideas contrarias a la mayoría o al sentido común aceptado? Expresar, discutir o criticar una idea no debería implicar la descalificación, el maltrato y la falta de respeto del otro. Sin embargo, si creemos en la libertad de expresión, incluso será mejor la ofensa que el silencio censor e hipócrita. Así pues, cualquiera sea el motivo de nuestras autocensuras cotidianas, las consecuencias están a la vista: relaciones humanas cada vez menos espontáneas.
Prof. Nicolás Martínez Sáez
Nota publicada en el diario La Capital de Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina. https://www.lacapitalmdp.com/censuras-y-autocensuras-en-el-mundo-de-hoy/

martes, enero 15, 2019

Fernando Broncano: "La inteligencia artificial determinará una reingeniería de las relaciones y consumos."


Fernando Broncano (1954) es doctor en Filosofía por la Universidad de Salamanca y catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad Carlos III de Madrid. Especialista en cuestiones vinculadas a la tecnología, la filosofía y la cultura, ha publicado recientemente Cultura es nombre de derrota (2018), un libro que bucea en las relaciones tejidas entre la cultura y el poder, en un recorrido histórico que recobra el origen y significados del término que en la actualidad se utiliza como cliché en todos los contextos y bajo toda circunstancia. 

Muchos especialistas anuncian que la actual revolución tecnológica hará desaparecer trabajos haciendo surgir otros nuevos. ¿Qué diferencia existe en nuestra época respecto a anteriores revoluciones tecnológicas?

Comienzo por la pregunta para tratar después la frase que la encabeza. Respecto a otras revoluciones tecnológica (la microelectrónica de los años 60, la eléctrica de los años veinte, la del uso de combustibles derivados del petróleo de comienzos del siglo XX, la de la industria química del XIX, la tecnología del vapor de comienzos del XIX, etc.) la actual se caracteriza por la explotación de la información y no solamente la energía o las materias primas. La información abarca desde lo microfísico (nanotecnologías), pasando por lo biológico (bioingenierías) al mundo de lo digital y a la vida cotidiana a través de los big data y las analytics. Del mismo modo que los siglos XIX y XX explotaron la energía, las sociedades contemporáneas han descubierto el poder de los datos representados como información por los poderosos medios de tratamiento tecnológico. En los niveles más complejos implica el uso de tratamientos que aprenden por sí mismos y toman decisiones. Son las inteligencias artificiales, que realizan tareas que hasta hace poco solamente parecían ser el dominio de lo humano, e incluso en velocidad y cantidad de datos superan a las capacidades humanas. Estas nuevas tecnologías, como ocurre en las grandes revoluciones, influyen para que otras tecnologías se adapten a su uso, e incluso los hábitos sociales son transformados por su influencia. El resultado final es una progresiva “reingenierización” de todos los pasos de la producción al consumo, incluyendo también todas las ingenierías sociales como la comunicación, la seguridad o la organización social. Esto ya se ha producido múltiples veces (Marx detectaba en el Manifiesto comunista que esta transformación era la regla más que la excepción bajo la hegemonía de la burguesía), pero ahora tiene una peculiaridad, que es el hecho de que puede afectar como fuentes de mercantilización a muchas de las funciones humanas, por ejemplo, y quizás sea lo más importante, la atención. 
Respecto a la desaparición del trabajo, la respuesta es doble. En primer lugar, no está clara cual será la tasa de sustitución de trabajo humano por trabajo de máquinas. Puede ser que la implantación de trabajo de máquinas, por ejemplo, en automóviles autónomos, exija una considerable cantidad de trabajo humano de control, de servicios sociales de coordinación, etc. Las inteligencias artificiales son muy buenas en entornos bien definidos, pero tienen dificultades en entornos abiertos e impredecibles y, por suerte o desgracia, el entorno humano es así: abierto e impredecible. En segundo lugar, si lo anterior estuviese equivocado, algo que desgraciadamente es dudoso, simplemente plantearía un problema nuevo de ingeniería social, el de cómo redistribuir el trabajo en las sociedades para producir lo mismo empleando menos trabajo, de modo que se vaya disolviendo la distancia entre trabajo mecánico y trabajo creativo. Pero esto nos lleva a la necesidad de una conciencia social diferente sobre el lugar del trabajo y la superación de su mera concepción como mercancía para permitir la reproducción humana para concebirlo como un ejercicio de creatividad y transformación del orden en beneficio de la vida y de la sociedad. 

¿Qué implicancias tiene la edición de genes recientemente realizada en China por He Jiankiu?

Las técnicas CRISP entrañan el uso de un mecanismo biológico de corta y pega de ADN empleado ya por las bacterias. Su descubrimiento y uso abre múltiples campos de trabajo e investigación que son muy sensibles por los potenciales riesgos múltiples que afectan a la trama global de la vida y, en el caso del ser humano, al mismo fundamento de la reproducción social. Son técnicas, como tantas otras, que deben de estar sometidas a un riguroso control ético y político. Lo que ha ocurrido con He Jiankiu es que ha sucumbido a la política de competitividad tecnológica que ha instaurado el gobierno chino y que subordina el cambio tecnológico a deseos políticos y económicos más que una reflexión ética. Construir niños a medida, tal como parece insinuar su experimento de edición de los genomas en la fecundación in vitro para introducir un gen que produzca resistencia innata al HIV, abre un escenario más que peligroso si no se controla desde el comienzo. Todos los pronunciamientos éticos y políticos de las comunidades científicas prohíben el diseño de humanos no terapéutico. Es ahora el momento para detener la proliferación de estas investigaciones sin control- 

¿Por qué se extiende el movimiento antivacunas?

El movimiento antivacunas que se extiende epidémicamente por el mundo es uno de los signos más claros de la nueva forma de sociedad del conocimiento en la que estamos entrando. Internet ha modificado sustancialmente las relaciones de autoridad de los expertos en todos los campos, pero especialmente en el de la salud y el bienestar. Cada quien se ha convertido en un experto en sí mismo y la salud de sí y sus familiares. ¿Quién no lee artículos de popularización médica? Las secciones de alimentación, salud y sexualidad de los periódicos están ya manteniendo a las de noticias y política. En los años noventa me preguntaba cómo sería una sociedad sin institución-ciencia. Pensaba que, como la democracia, la ciencia es también un invento reciente (ambas con unas breves anticipaciones en Atenas y Alejandría respectivamente) y posiblemente ambas son tan perecederas como lo fueron en Grecia. Ahora lo estamos viendo, también en los dos casos. Los declives de la democracia y de la ciencia van rápidos y de la mano. Bienvenidos al mundo de las redes. Al menos es más barato. En vez de sistemas públicos de salud tendremos consultas a la red en 5G que nos informarán mejor de lo que nos conviene a nosotros y a nuestros hijos. En el siglo VII de nuestra era la tecnología romana y bizantina alcanzó picos desconocidos en la historia. Bizancio podía defenderse de bárbaros y enemigos mediante poderosas armas y barcos, pero nadie era capaz de leer las matemáticas alejandrinas. Allí se desarrolló la fase siguiente del conocimiento que llamamos "discusiones bizantinas". Nihil novum sub sole.

¿Es la expansión de las pseudociencias, en materia de salud, una reacción inversamente proporcional a la deshumanización de la medicina occidental?

Posiblemente. Hay múltiples factores que llevan hacia el crecimiento de las pseudo-ciencias: uno es la sospecha extendida, y por desgracia bastante confirmada, de que múltiples veces la industria de la salud subordina al beneficio propio los intereses generales. Otro es la facilidad de acceso a textos y opiniones en la red que están fuera del sistema controlado por pares de la investigación científica. La cuestión es que muchos de estos textos transmiten ideas que no siempre están basadas en la experiencia científica, en la discusión abierta y en los controles rigurosos de prueba, que son caros, lentos y llevan tiempo. El resultado es que la gente se acoge a las esperanzas que suscitan ciertas promesas de salud o felicidad sin que sus promotores hayan pagado el costo del control de calidad científica de sus propuestas. El deseo y la esperanza, tan humanos, sin embargo, pueden llevar a la ceguera y al pensamiento mágico. En otros tiempos, la religión cubría estas zonas oscuras de la racionalidad humana, ahora lo hacen las pseudociencias. 

Prof. Nicolás Martínez Sáez
Nota publicada en el diario La Capital de Mar del Plata. Buenos Aires, Argentina