miércoles, octubre 21, 2020

El juego de la oca y el azar nuestro de cada día


Las civilizaciones más antiguas han establecido conexiones estrechas entre el azar, la divinidad y el destino de los hombres. Aristóteles proporcionó un primer análisis filosófico acerca del azar y de la suerte: si bien ambos conceptos explican la excepcionalidad de los fenómenos contingentes y en ese sentido se diferencian de la idea de Destino como algo predeterminado por un dios, el azar describe los acontecimientos de la naturaleza en tanto la suerte se aplica a los asuntos humanos. Sin embargo, es posible afirmar que, en algún punto, el azar o la suerte se muestran como equivalentes al Destino ya que, a este último, muchas veces se lo refiere como “la suerte que le toca a cada cual” o se lo vincula habitualmente con la expresión que afirma que “la suerte está echada”. En el mundo grecorromano, la adoración a la diosa Fortuna (la Suerte), hija de Júpiter, la encontramos retratada en monedas talladas que muestran junto a una cornucopia, dadora de prosperidad, a un timón, conductor de los destinos humanos. A menudo, también a la Fortuna se la representa como una rueda (“Rueda de la Fortuna”) señalando la inconstancia e incertidumbre de los altibajos de la vida. Finalmente, las sacerdotisas de los templos de adoración a la Fortuna solían celebrar un oráculo, que entregaba respuestas de acuerdo al resultado de una tirada de dados.

Ahora bien, la fascinación por el “echar suertes” ha estado presente en la imaginación lúdica de hombres y mujeres de todos los tiempos y civilizaciones. El primer juego de azar que conocemos es el de los dados y encontramos referencias en un texto de la tradición védica anterior al hinduismo: el Rigveda, un poema épico-religioso compuesto alrededor del 2000 a.C. donde se explicitan los efectos funestos del amor desenfrenado por este juego. Los griegos antiguos consideraban al héroe Palamedes inventor de varios juegos, entre ellos el de los dados, y en la Odisea de Homero, compuesta alrededor del siglo VIII a.C., encontramos altivos galanes jugando a los dados en la puerta del palacio de Ulises en Ítaca. Por último, en el  Nuevo Testamento, los cuatro evangelistas relatan cómo unos soldados, al pie de la cruz de Jesús, se jugaron a los dados su túnica.

El historiador español Ángel Luis Molina Molina señala que durante la Alta Edad Media el juego de dados fue un vicio extendido por toda Europa y hasta la aparición de los naipes, el primero de los juegos de azar. Desde la antigüedad, los juegos de dados estaban asociados a las apuestas, las bebidas y las tabernas y según sabemos por los poemas medievales anónimos Carmina burana, hasta los clérigos apostaban y perdían sus ropas jugando a los dados. Durante el siglo XII y XIII, la cuestión parece haber preocupado mucho a las autoridades civiles y religiosas que oscilaron entre la condena expresa y la tolerancia permisiva, dentro de casas de juegos a los fines de aumentar las arcas fiscales. Siguiendo las condenas de los primeros teólogos de la patrística que pensaban al juego como un invento del demonio, algunos moralistas cristianos observaban cómo el juego de dados hacía “perder la cabeza” a los hombres, estropeaba sus economías, rompía amistades e incitaba a blasfemar.

Juego de la oca. Siglo XIX

A partir de finales del siglo XV, otro juego de azar se expande desde Italia hacia el resto de Europa: el Juego de la oca, un juego cuyas reglas básicas apenas han sido modificadas respecto de las que conocemos en la actualidad. Si hoy el Juego de la oca nos parece aburrido y de niños, no era así cómo se lo concebía a finales de la Edad Media donde el juego era excitante y animado debido, en gran parte, a que se lo utilizaba para apuestas por dinero en las tabernas. Sin embargo, no solamente era un juego de apostadores y bebedores sino también ligado a la realeza. En el siglo XVI, el duque de Toscana, Francisco de Médici le regaló el Juego de la oca al rey de España, Felipe II y en los siglos siguientes disfrutaron de este juego el joven Luis XIII de Francia e incluso Napoleón Bonaparte.

Si seguimos la clasificación formal de los juegos de mesa propuesta por David Parlett en History of boardgames (2018), el Juego de la oca es un juego de carreras simple donde cada jugador posee una peón que irá moviéndose, a partir de tiradas de uno o dos dados, por un laberinto en espiral hasta llegar a la casilla 63. El juego es de puro azar y no hay decisión alguna por parte del jugador durante toda la partida. Parlett señala que el Juego de la oca pertenece a una familia de juegos de carreras que se caracterizan por (i) el movimiento de un peón desde la salida hasta la llegada; (ii) el recorrido con atajos que aventajan y con casillas que retroceden, a veces, hasta el punto de partida y (iii) el decorado visual y conceptual con temas de la vida real que justifican las ocasionales buenas y malas suertes de las casillas. El antecesor más antiguo del Juego de la oca, podemos hallarlo en el juego conocido como Serpientes & Escaleras, un juego de la antigua India que consiste en un tablero de 10x10 con casillas numeradas del 1 al 100. Algunos pares de casillas están conectados por serpientes y otras por escaleras, en general 12 serpientes y 8 escaleras. El jugador mueve su peón y avanza por el tablero de acuerdo al número obtenido de los dados ganando un nuevo turno si obtiene un 6 o un doble si juega con dos dados. Cuando el peón alcanza a una casilla donde se halla la cabeza de una serpiente, ésta se “lo come” y retrocede hasta la casilla donde acaba su cola, en cambio, cuando alcanza una casilla donde se ubica el pie de una escalera “sube” hasta la casilla más alta. Así entonces, el jugador que primero logra llegar con el número exacto a la casilla 100 será el ganador. Parlett afirma que el juego original de Serpientes & Escaleras tenía como fin la instrucción moral y así, mientras las escaleras representaban las cualidades personales que llevan a uno virtuosamente hacia el Nirvana, las serpientes simbolizan los vicios o deseos terrenales que impiden el progreso hacia la perfección moral.

Serpientes & Escaleras sobre tela. Siglo XIX

En el Juego de la oca, también es posible observar este mismo ascenso espiritual y tal como explica Adrian Seville, tanto el número 63 correspondiente a la última casilla que era significativo para la numerología antigua griega y romana como el mismo recorrido podrían estar simbolizando el progreso espiritual del alma humana donde las ocas serían las guías de la suerte y las casillas de peligro representarían las tentaciones o caídas del hombre a lo largo del camino. Así entonces, Seville concluye que la cábala cristiana asociada al filósofo Pico della Mirándola y al neoplatonismo de Marcilio Ficino animan al juego para que los jugadores alcancen la última casilla y de esta manera la paz y la sabiduría. El simbolismo de este juego ha estado presente en muchas de sus adaptaciones posteriores. Por ejemplo, en 1587 el humanista español, Alonso de Barros, se inspira en el Juego de la oca para escribir las reglas de un juego didáctico que lleva el nombre de Filosofía cortesana, en el cual 63 casillas invitan a la reflexión del jugador y simbolizan el itinerario que debe seguir todo aquel hombre que aspire a obtener los provechos de la corte, un lugar concebido como un laberinto repleto de pasiones y bandos. Las casillas de las ocas habían sido reemplazadas por imágenes de bueyes arando la tierra y estaban acompañadas de frases como: “El fruto de la esperanza viene a través del trabajo”. Todo el tablero del juego estaba decorado con proverbios morales y figuras tales como una mujer que simbolizaba la fortuna y que tenía en su mano un sonajero, instrumento de alegría y una espada como para indicar que en medio del gusto y del contento está el cuchillo de la muerte pero también que en medio de las desventuras y la tristeza de la vida puede haber alegría. En una de las esquinas podía observarse una oca con una trompeta donde se leía la sentencia socrática “conócete a ti mismo” y que Alonso proponía como una forma de aprender acerca de nuestras limitaciones y reacciones y así contrarrestar los efectos de la caprichosa fortuna.

Filosofía cortesana.  Año 1587

Toda la utilización moral del Juego de la oca y la menor utilización del mismo para las apuestas de dinero lograron despejar las críticas y allanar el camino para su posterior difusión. Asimismo, ya en el siglo XVII, el teólogo y filósofo español Baltasar de Gracián y Morales adopta una visión más positiva respecto de los juegos de azar, antes condenados, y compara la vida humana con los naipes estableciendo una analogía entre las cartas que nos tocan en la vida y lo que hacemos con las mismas. Tal perspectiva ha sido muy influyente en Europa y particularmente en España: la Lotería Nacional española, la más antigua lotería nacional vigente, se instituye en 1763 por Carlos III y la actitud de Gracián tiene gran impacto en la filosofía española que, frente a otras orientaciones europeas de carácter más racionalistas y sistémicas, aborda el mundo como un ámbito incierto, impredecible y turbulento para la vida humana: Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset son filósofos paradigmáticos de esta última perspectiva que considera que aunque la fortuna dispone, el hombre propone.

Hacia finales del siglo XVIII, el Juego de la oca dejó de tener conexión con la realeza, la aristocracia e incluso con el mundo de los adultos debido a que, como juego de apuestas, fue reemplazado por el de las loterías. A partir de entonces, los aficionados a las apuestas no requerían ni de la simbología ni de la moral y el Juego de la oca pasó a convertirse en un juego familiar y para niños como el que hoy conocemos. Sin embargo, el imaginario lúdico que proporcionaba el Juego de la oca bien pudo trasladarse hacia el generado en las diferentes loterías nacionales donde muchos adultos que apuestan o juegan “un numerito” perciben al mundo como una trama de analogías, semejanzas y correspondencias entre los números y el significado de los sueños. En ocasiones, ejecutan cábalas que no comportan ningún tipo de justificación racional y entonces, cuando ganan, no consideran que eso sea producto de la experiencia o del conocimiento sino que lo atribuyen a cierta suerte que es entendida como una decisión divina. Difícilmente encontremos entre nuestros prójimos alguien que manifestara vivir con suerte o de la suerte, como se animaba a responder el poeta maldito Charles Bukowski, sin embargo tenemos motivos racionales para mantenernos escépticos frente a aquellos que suelen afirmar que toda su vida está gobernada por la mala suerte.

Ficha técnica del juego (fuente: BoardGameGeek):

  •    Duración: 20 min.
  •   Cantidad de jugadores: 2 a 6 jugadores
  •   Edad: + 5 años

Prof. Nicolás Martínez Sáez
Nota publicada en el diario La Capital de Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina. 

miércoles, marzo 18, 2020

Fischer y Spasski: dos cerebros en pugna y una partida histórica

Antes de que el norteamericano Robert James Fischer, conocido como Bobby, venciera en el campeonato mundial de ajedrez de 1972 al soviético Boris Spasski, ambos estuvieron frente a frente, en la ciudad de Mar del Plata, en la primavera de 1960. Desde la victoria mundial del Mikhail Botvinnik en 1948 en La Haya, el poderío incontestable ruso en este juego, sólo se acrecentó. Fueron años de un carrusel ruso que terminó coronando, en el trono mundial, a Spasski en 1969.

En la partida marplatense el joven Fischer de 17 años fue destrozado, con un gambito de rey, por el todavía no consagrado Spasski. A partir de allí, Fischer comenzó su ascenso como jugador y con los años, cada vez que podía, anunciaba a los cuatro vientos: “todavía me queda por resolver esta cosilla que tenemos pendiente yo y Spasski”. A diferencia de la formalidad de Spasski, Fischer concurría a los torneos con zapatillas, jeans, remeras arrugadas y el cabello desaliñado. Una anécdota cuenta que no pudo ingresar al Casino de Mar del Plata por no usar saco hasta que su colega argentino Miguel Najdorf le prestó uno. En su libro Campos de fuerza, el crítico literario George Steiner señala los paralelismos interesantes en las vidas de Fischer y Spasski: ambos se criaron con sendas madres de fuerte personalidad, experimentaron la soledad, el desplazamiento y las angustias maternas en su más tierna infancia. Con un padre que había desaparecido, el niño Fischer gritaba y lloraba todo el día, y su hermana, que no podía aguantarlo más, le compró por unas monedas un juego de ajedrez. El niño no sabía que era un juego que podían jugar dos personas, así que jugaba contra sí mismo. A los cinco años, en una habitación miserable del Bronx, entonces el barrio más pobre de Nueva York, Bobby Fischer era ya el mejor jugador de ajedrez del mundo. Steiner señala que treinta años más tarde, tuvo el privilegio de conocer a Spasski en la partida que jugó con Fischer en 1972 y que allí Spasski le confesó: "Para él yo no existo".

En el match por el campeonato mundial de ajedrez celebrado en Reikiavik, Islandia, en 1972, ambos jugadores se enfrentaron durante 21 partidas. Estas estuvieron llenas de tensión y manías persecutorias. Era la Guerra Fría, Fischer desconfiaba de los servicios secretos de la URSS y llegó a quitarse las amalgamas de su dentadura por temor a que le hubieran ocultado algún diminuto transmisor. Los caprichos y comportamientos ególatras y despóticos de Fischer ponían a prueba la paciencia de los organizadores: el sillón, los ruidos, las luces, el tablero, etc., todo se convirtió en problemático para el desarrollo de las partidas. Tanto el presidente estadounidense Richard Nixon como su secretario de Estado, Henry Kissinger, se pusieron en contacto con Fischer para animarle y comunicarle su especial interés en que venza al soviético: su triunfo sería el triunfo simbólico del capitalismo sobre el comunismo. Así pues, luego de dos meses, el norteamericano Fischer derrotó a Spasski acabando con 24 años de hegemonía soviética.

El triunfo de Fischer fue, en verdad, el triunfo del ajedrez. A partir de este evento se despierta una fiebre ajedrecística, una emoción pública que pone a este juego abstracto y totalmente cerebral en los titulares del mundo entero, en artículos y programas de divulgación. Fischer solía repetir que para él el ajedrez “lo era todo”. Se empezó a convertir en una leyenda viviente, se autoproclamó “Campeón del Mundo Libre” y hacía gala de su poca formación cultural. Así, cuando alguien le habló de Napoleón, Fischer contestó: “¿Napoleón? Yo nunca jugué con él, ¿qué torneo ha ganado?”. Para Fischer, el ajedrez no era como la vida sino que el ajedrez era la vida. Luego de convertirse en campeón y quizás por miedo a ser derrotado, desapareció de la vida pública y nunca más quiso volver a jugar en una competición oficial.

Steiner considera que solamente en tres de las dedicaciones a que se entrega el ser humano –matemáticas, música y ajedrez- se logran resultados creativos antes de la pubertad. Una de las notas que comparten estas tres actividades es que no son verbales, parecen depender de la combinación, de relaciones sumamente abstractas y de un énfasis muy especial en las agrupaciones espaciales. Así, explica que las soluciones a un problema matemático, la resolución de una discordancia musical o la generación de una posición ganadora en el ajedrez son liberaciones de tensión tales que permiten lograr una postura eficaz y armónica. Otra nota que comparten estas tres actividades se halla en el orden neurofisiológico ya que en todas ellas se da una participación de zonas de la corteza cerebral enormemente poderosas, pero especializadas al máximo y que incluso pueden desarrollarse aisladamente del resto de la psique. Los matemáticos, los músicos y los jugadores se desviven por la culminación de una empresa humana que es en definitiva trivial. En ocasiones, señala Steiner, esta especial habilidad crece a expensas de prácticamente todos los demás recursos de la personalidad. Quizás este fuera el caso de Bobby Fischer.

En una de sus últimas apariciones públicas, luego del ostracismo mediático y en una entrevista radial para una audición filipina, Fischer celebró los atentados terroristas a EE.UU del 11 de septiembre de 2001 al calificarlos como “noticias maravillosas”, manifestó su ferviente admiración por Hitler y el nazismo y tenía pleno convencimiento de que el Holocausto judío nunca había existido. A poco de la muerte de Fischer en el 2008 por insuficiencia renal, el filósofo de la ciencia Martin Gardner lo dijo con todas las letras: “lo genio no quita lo imbécil”.

Prof. Nicolás Martínez Sáez